Ahora vas y lo cuentas

Categoría: GRANDES RELATOS

El héroe

                                                                                                                                                      Para Zilniya, @microversos

 

   Érase una vez un genio poderoso y malvado, tan malvado que se dedicaba a hacer lo contrario que los demás genios: a impedir que los pobres mortales consiguieran aquello que más deseaban.

   Ni siquiera estaba prisionero en la lámpara, que brillaba en un recodo del camino; sólo se introducía en ella si estaba aburrido, para entretenerse fastidiando a algún infeliz que pasara por allí. Cuando el incauto la recogía y la frotaba, el genio aparecía, magnífico, le daba la oportunidad de expresar sus tres deseos, le aseguraba su cumplimiento y se despedía. Por muchos años que viviera, la pobre víctima jamás alcanzaba a ver cumplida ninguna de esas tres aspiraciones, y sólo sufría crueles desengaños.

   Una mañana, le tocó el turno a un joven criado del conde, que se dirigía a su trabajo en el palacio, y cayó en la trampa.

   —Mil gracias por liberarme, mocito. Ya sabes cómo va esto… ¿Cuál es tu primer deseo?

  —Oh, gracias a usted, señor genio. Lo que más deseo en este mundo es el amor de la hermosísima Rosalinda, la hija de mi señor, pero…

   —Nada, nada: concedido (jajajá). ¿Y el segundo?

   —Siempre he soñado con ser un músico maravilloso: que fuera mi voz la más dulce de la Tierra y sonara mi cítara melodiosa en el acompañamiento…

   —Hecho (jajajá). Vamos a por el tercero.

   —Pues… La verdad, señor genio, es que ya no tengo más deseos… Sólo que viva usted una larguísima y dichosa vida…

   —¿Cómo? ¿Qué estoy oyendo? ¿No tienes más deseos? ¡No! ¡Noooooooo…!

   La locura se apoderó del genio. Dejando estupefacto al joven, huyó como el viento de aquel lugar, y yo sé que murió esa noche, a la orilla de un río.

    Nuestro héroe jamás entendió lo que había ocurrido. Pero, aunque no las tenía todas consigo, debía probar con la condesita. No voy a contar la terrible escena, con los gritos de la mimada y la guardia echando a patadas al muchacho.

   Volvió a ayudar a sus padres en la granja. Cuando murieron, él ya se había casado con una guapa chica del pueblo. Tuvieron unos cuantos hijos. La granja les daba lo justo para ir tirando. El hombre no poseyó nunca la mejor voz de la Tierra, pero cantaba y tocaba los días de fiesta en la taberna, y venían a escucharlo los aldeanos de los alrededores.

    Leyendo una historia como esta, algunos darán en pensar que muchos héroes lo son así, por casualidad. Pero yo no lo creo.

 

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REGRESAR (TODO SON VERBOS, XIV)

    Asistir a todas las muertes de los compañeros. Renunciar a la dulce estupidez del loto. Devanarse los sesos para engañar al cíclope y ganar, tal vez, el nombre verdadero. Desencadenar los vientos que se llevan la esperanza. Hurtarse al hechizo de la maga más hermosa. Descender al Hades, despedirse de la madre y volver. Sostener la razón contra los cantos de la sirenas. Desafiar al Sol y al Dios. La soledad.

       Y Calipso, Calipso, Calipso: arrancarse el corazón, tal vez.

     Sentir un sabor extraño al besar la tierra natal.Vestir la capa de mendigo; la limosna y la humillación. Derramar sangre en el hogar. Reconocer el hombre en el hijo, y los años de dolor en los ojos de la esposa.

        Para comprender, Ulises, Odiseo, Nadie, que Ítaca era un tiempo, no un lugar…

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LOS RELATOS NEGROS

    Era una banda de élite; no se entraba en ella sin un buen curriculum mortis.

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     —Murieron en el acto: no sufrieron nada —dijo el forense, señalando los dos cuerpos desnudos en la cama.

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     —Lo de dispararle desde el asiento de atrás al conductor, mejor cuando pare en un semáforo —dijo el asesino, contusionado.

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     Supo que no había escapatoria, que lo iban a matar, cuando vio su silueta dibujada con tiza en el suelo.

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    CONDENADOS LOS SIAMESES: El que apretó el gatillo, a la silla eléctrica, y el otro, por cómplice, a cadena perpetua.

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   Se encontró a sí mismo en un cartel de “Se busca”.

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   —“Pongo fin a mi vida por propia voluntad. No se culpe a nadie. En especial, no se culpe a Harry Flanagan”. ¡Firma!

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   Se encontró una bala perdida.             

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   DETECTIVE CON CASO EXTRAÑO: —Viene la tía, me pide que busque a su marido, le pregunto cómo se llama, y me suelta que no lo sabe todavía…

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   —¡Siga a ese coche! —¿A ése? Pero si es de la policía… —¿Ah, sí? Pues póngase delante y que nos sigan ellos.

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    En un acto reflejo le disparó al espejo.

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   La bala le entró por un oído y le salió por el otro.

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    —Un loro, un loro. ¿Y no podías tener un gato de mascota, como todo el mundo? —le dijo a su compañero de celda, discutiendo.

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    —No tengo mucho tiempo, muñeca —la apremió, enseñándole un agujero de bala en su reloj.

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   En Chicago todavía se recuerda la puntería legendaria de Johnny el Enamorado, que era capaz de deshojar una margarita a tiros…

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    —Pobre hombre, dos años de dieta y gimnasio para bajar peso y al final lo llenamos de plomo.

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    —Dejad de usar los silenciadores —dijo el jefe de la banda. —En estos tiempos que corren no nos viene mal un poco de publicidad.

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    —¡Deprisa, siga a ese coche fúnebre! —gritó el fantasma subiendo al taxi.

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    —Harry, le das demasiadas vueltas a la cabeza. Si a la primera ya te lo habías cargado.

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    A Billy Walker tuvimos que despedirlo. Venía bebido al trabajo. Disparaba bien, pero gastaba el doble de balas.

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       EN LA SILLA ELÉCTRICA: Cuando los diez mil voltios lo alcanzaron, por un instante, sintió lo mismo que al conocerla.

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      —¿Sabes, muñeca? Contraté a un detective para que te siguiera y no me cobró nada.

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    —¿Oyes las sirenas? Ahí viene la policía. Dime que me quieres antes de que me detengan. —Mejor te digo que la he llamado yo.

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   —¿Su última voluntad? —le preguntaron. —¿Valen mujeres? —preguntó, a su vez.

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    —Jefe, ¿me oye? Tengo aquí al poeta. ¿Le pego un tiro? —Harry, te dije que hay que ser más sutil: átalo a una silla y léele sus versos…

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   —Quién nos iba a decir que caería tan bajo por culpa de esa arpía. Todo un tipo duro, y ayer… atracó una floristería.

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    —No hay problema que no arreglen el whisky y un buen tiroteo —dijo, animado.

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   —Cotidie morimur (morimos cada día). —Pues no me dispares, maldito sabiondo.

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    —¿Estoy viendo visones? —me dijo ella, cuando le regalé aquel abrigo tan caro.

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      —Lo tengo todo bien planeado. Nunca me cogerán. Por fin, el crimen perfecto —dijo, obsesionado, y se suicidó.

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   —¡No dispare, por favor! ¡Es cuestión de vida o muerte! —gritó la víctima, encañonada.

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       —A ver si se le pasa pronto… Desde que lo dejó esa pécora, no ganamos para balas —dijeron los muchachos de la banda.

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        —¿Vengo esquivando las balas para que ahora tú me esquives a mí? —dijo, colgando la gabardina y el sombrero, con mal gesto.

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   —¡Siga a ese coche… toda la noche! —dijo, subiendo al taxi con su novia.

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       Gánster en la pajarería buscando un canario que no cante.

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       Para mantenerse alerta, tenía dibujada una diana en el espejo.

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      DETECTIVE EN ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS: —Creí que seguir a estudiantes, contratado por sus padres, supondría horas en bibliotecas, cines, museos…

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   —Esto no es el Oeste, muchacho. Aquí gana el que tiene ya la pistola en la mano.

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   —¿Su última voluntad?  —Un cigarrillo —contestó. Y sonrió con amargura cuando leyó el aviso de “Fumar mata” en la cajetilla.

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   —¿Por qué le disparaste al pianista, Harry? Parecía un buen tipo… —Sí, pero no sabía tocar «Noche de paz».

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   Cuando le dieron el tiro de gracia no se rio.

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   —No, no, suegras no, de todo menos suegras. Yo soy un profesional, con una fama y un nombre que mantener —dijo el asesino a sueldo, y colgó.

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   —Rata.

   —Bah, tus insultos no me hieren.

   —Pues ratatatatatatatatatatata.

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    Por ser malo en la Ilíada, Aquiles fue condenado a reencarnarse en gánster de los años 20, con la policía siempre pisándole los talones.

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     El novelista arrepentido decidió suicidarse. Compró una pistola. Llamó a uno de sus negros y le encargó la carta de despedida.

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    Tres detonaciones retumbaron en aquel paraje solitario. —¿A quién le disparas, Harry? Si aquí no hay nadie… —¡Al silencio!

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