Historia de amor prehistórica

por Antonio

   Nueve meses antes, la mañana es lluviosa, la época es la Prehistoria, la estación la Primavera. En el fondo de la cueva, echado sobre un montón de hojas secas, ronca Fortinus. Ayer la jornada de caza fue agotadora, y es de esperar que su sueño profundo se prolongue hasta el mediodía. Pero no es así, una ráfaga de viento húmedo penetra hasta el fondo de la cueva, el cuerpo desnudo tiembla, Fortinus se despierta, se despereza, se pone en pie. Es un muchacho joven, de unos catorce años, diríamos hoy, pero él no lo sabe. Su cuerpo, eso sí lo sabe, es el más peludo y musculoso de la tribu. Esto, y no el hecho de ser el único hijo del jefe Festinus, constituye la marca de su destino: cuando las patas del elefante aplasten a Festinus, él se convertirá en jefe. De momento, es ya el mejor cazador de la tribu, y sabe como nadie segar la vida de una gacela herida propinándole un certero mordisco en el pescuezo palpitante. Pero esta mañana a Fortinus le ocurre algo, se ha levantado con una tensión visiblemente localizada, que es más fuerte que él, tan fuerte como el hierro que aún no se ha inventado, tan fuerte que apenas puede colocarse de manera decorosa el taparrabos de piel de leopardo. Fortinus está perplejo, no sabe qué hacer. Sale de la cueva, deja que la lluvia refresque su cuerpo sudoroso, pero esto no le alivia. Entonces interviene el instinto: Fortinus corre agachado de un lado a otro, rebusca en el interior de los arbustos mojados hasta que reúne unos puñados de hojas secas. Forma con ellas un manojo tan grande como pueden transportar sus brazos y se dirige al fondo de la cueva. Allí deposita estas hojas al lado de las que forman su lecho. Repite la operación hasta que dicho lecho aumenta su tamaño al doble aproximadamente. Luego sonríe, toma su garrote de desnucar antílopes y vuelve a salir de la cueva.

   A unos cien metros, de los de hoy día, de la morada de Fortinus, se alza una gran roca, en cuyo centro la erosión ha formado una oquedad poco profunda, en la que suele refugiarse la tribu alrededor del fuego en las noches frías o lluviosas. En estos momentos se hallan allí reunidas las muchachas que aún no forman parte de ninguna pareja. Fortinus se acerca sonriente, con el largo cabello mojado pegado a su encorvada espalda. Observa despacio a las chicas. Por fin elige a una determinada, la que le parece más hermosa, hoy diríamos …. Se acerca a ella, vuelve a sonreír, y le asesta un golpe de garrote en la cabeza, fuerte, pero no demasiado. La chica se desmaya. Fortinus examina la brecha sangrante que dejará una indeleble cicatriz en la frente de ella: no le parece grave sino adecuada a la circunstancia, un bello recuerdo sin duda. Luego agarra por el pelo a su amada, la arrastra hasta su cueva. Una vez dentro, la coloca boca arriba sobre el tálamo, desgarra su breve vestidito de piel de gamo… Hay que decir que, antes de nada, procede a reanimarla con unos suaves golpecitos en la mejilla, cosa de instinto más bien caballeroso: la pobre muchacha no tiene por qué permanecer inconsciente y perderse… En fin, sólo cuando la chica ha abierto los ojos, Fortinus se arroja sobre ella y…

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