El bufón

por Antonio

Hoy, aquí en la plaza, a la sombra destas acacias,

voy a contarles mis cuitas, penas, y desgracias;

en sutiles pareados, no en los adefesios

que en el cole todavía llaman serventesios.

Sépase que yo era bufón, de los cortesanos,

como lo fueron mi abuelo, mi padre y hermanos.

Educado desde crío para aquel bello oficio,

no sabía decir cosa sin rima y artificio.

A caballeros y damas les bailaba el agua

tan bien que alguna me cobijó bajo su enagua…

Y era bastante feliz. Hasta que un día, en Palacio,

el conde don Juan me dijo, secreto y despacio:

—A la Reina gozaré esta noche, que está buena,

en ese jardín, bajo la luna, tras la cena.

Tú has de entretener al Rey con tu poesía;

yo, un par o dos de veces, a su esposa haré mía.

Así lo hice; y amparé otras noches, con cuartetas,

los amores furtivos de la Reina y sus tretas,

como hiciese Eco con Hera, madre de las deas,

mientras Zeus se solazaba con las ninfeas.

Al fin, cansose el conde de aquellos devaneos;

pero la Reina no, ella quería más meneos.

Despechada, al Rey todo le contó como era;

sabiendo que él evitaría la escandalera.

Lo supo el conde galán por mí; con ligereza

puso pies en polvorosa y salvó la cabeza.

Lo mismo hice yo, al poco, pues la Regina

cada día me miraba peor, más mohína.

Desde entonces, errante poeta fugitivo

soy: de entretener al vulgo ignorante yo vivo.

Disculpen este relato confuso y disperso;

disculpen, por habérselo largado en verso.

Y ahora me despido, si no mandan otra cosa.

Prometido queda que el próximo será en prosa…

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