Todo son mitos (XIII)

por Antonio

   —¿Qué guerra piensas ganar con ese arco, niño de alas columbinas? La de Troya no ha empezado todavía…

   Así, un día y otro, se mofaba el tonto de Apolo del hijo de Venus; y éste explota, por fin:

   —A mí me llaman ciego, bermejazo, pero tú vas a ver…

   Y parte veloz la saeta de oro, que Apolo recibe en su pecho vacío: ya bebe los vientos por Dafne, como nunca por nadie los había bebido.

   Otra flecha con punta de plomo traspasa el corazón de la rubia ninfa, que aborrece para siempre al más bello dios.

   Él se acerca y ella siente el calor. Huye, despavorida, y se interna en el bosque. Ligero, Apolo la sigue, ya parece que pueda tomarla…

   Ella llega a la fresca orilla del río; con el último aliento, implora socorro a su padre, el espíritu de aquellas linfas ahora agitadas.

   Conmovido, a la dríade que clama, el anciano Peneo transforma en frondoso laurel.

   Allí palidece el rubicundo Apolo; abraza el tronco robusto y acaricia la áspera piel. Su llanto, en torno, ya inunda el verde tapiz:

   —Ay, lágrimas mías, que alimentan la causa y la razón por que lloraba… —y nuevos raudales vierten sus ojos, y al árbol lo hacen crecer.

   Aparece de nuevo Cupido, y ya vemos que es quien se ríe mejor.

  Y es de laurel la corona de aquellos antiguos poetas, que en sus versos advierten a los pobres incautos que se burlan de Amor…

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