La Máquina del Tiempo, XIV (Siglo V A.C.)

por Antonio

    Estaba decidido: aprovecharía mis dotes de persuasión para enderezar de una vez por todas la historia de nuestra decadente civilización. Así pues, programé mi Máquina del Tiempo para un viaje a la Grecia clásica y me planté en el Olimpo. La primera entrevista fue con Zeus: soy de los que no dudan en coger el toro por los cuernos. Me costó, claro, pero acabó jurando fidelidad a su esposa, que, enternecida sobremanera, prometió a cambio dejarse de celos y venganzas. Satisfecho, me aproximé, aunque no demasiado, a Hefesto, y le hice ver la necesidad de cuidar la imagen y ocuparse más de la higiene personal. Luego me encargué de Ares, que se comprometió a ser leal y a evitar cualquier tentación de cambio de chaqueta. Amonesté sin miramientos a Artemisa por caprichosa y estrecha. A Apolo le cayó una buena bronca por presumido. Atenea tuvo que reconocer que se había estado pasando de sabionda. Por supuesto, a Hermes le tocó abjurar de toda demagogia. Me entretuve un buen rato con Afrodita la lujuriosa: hay vicios que cuesta erradicar. Démeter, esa materialista, recibió también lo suyo. Con Poseidón usé la psicología: reforcé la mitad afable de su carácter para que, en adelante, pudiera controlar mejor su ira. A Hestia, en una charla relajada junto al fuego del hogar, le sugerí que saliera más de casa y se relacionara, que no fuera tan huraña.

     Agradecidos, los dioses me obsequiaron con un opíparo banquete en el que no faltaron buenos lingotazos de ambrosía deliciosa. Por fin, me despedí amablemente de todos, encantado al observar las expresiones beatíficas en sus divinos rostros. Confiado, casi exultante, subí a mi Máquina y emprendí el viaje de vuelta. Fue un auténtico viaje de placer: conduje despacio, disfrutando por adelantado del maravilloso futuro que nos esperaba a los hombres.

 

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