Gajes del oficio

por Antonio

   Una fría noche de invierno, con niebla espesa como puré de arvejas, los vikingos regresan a su hogar. Tras varios meses saqueando y violando por todas las costas del norte de Europa, están algo cansados, pero satisfechos. Para celebrarlo, abren un barril de hidromiel añejo que tenían reservado, y brindan por todos los dioses habidos y por haber.

   Llegan, amarran el drakkar en el puerto y se dirigen, tambaleándose y cantando canciones obscenas, a la taberna del lugar. Se trata de un tugurio sucio y oscuro, iluminado apenas por dos o tres escuálidas bujías de sebo de alce.

   Entran y, ¡por Odín!, encuentran a sus mujeres liadas en una orgía monumental con los de la aldea de al lado. Como un solo hombre, echan mano a las espadas y los matan a todos y a todas en el acto: menuda escabechina.

   Empapados en sangre, exhaustos, se tumban a dormir allí mismo. Están desolados, sobre todo porque siempre se han llevado bastante bien con los vecinos. Ahora ya no tienen contrincantes para los partidos de fútbol de los domingos por la tarde.

   A la mañana siguiente se ha disipado la niebla y luce un sol espléndido. Cuando despiertan, con una resaca de miedo, nuestros héroes no tardan en darse cuenta de que se equivocaron de aldea al desembarcar.

 

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