El mensajero

por Antonio

   Había concluido su última misión, la más peligrosa de todas.

   Y ahora estaba allí, en el palacio, ante la misteriosa Reina del País del Norte, que sostenía la carta en sus manos. Cuando acabó de leer, fijó en él sus ojos azules.

   —Ven —le dijo, —siéntate a mi lado y cuéntame las aventuras de tu largo viaje.

   En cinco semanas había reventado diez briosos caballos de postas, cruzando territorios salvajes, habitados por tribus crueles y belicosas. Había oído crujir bajo sus pies el hielo quebradizo al atravesar anchos ríos en el terrible invierno de la estepa. Con sólo su cuchillo de caza había tenido que enfrentarse a aquel oso de las montañas. Y todavía llevaba en su hombro una bala que había sido disparada por un fusil tártaro oculto entre los alerces del margen del camino.

   —Gracias por llegar hasta mí, valiente mensajero. Tu emperador me propone un matrimonio ventajoso, que uniría para siempre nuestros reinos. Si acepto, el enlace se llevará a cabo dentro de ochenta días.

   —¿Y puedo preguntaros qué haréis, majestad?

   No respondió. Se levantó de su trono sin dejar de mirarle. Cuando él se puso en pie, ella sonrió. Se acercó, rodeó el cuello del hombre con sus brazos, los rubios cabellos femeninos envolvieron el rostro curtido del mensajero…, y lo besó.

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