LOS RELATOS NEGROS

por Antonio

    Era una banda de élite; no se entraba en ella sin un buen curriculum mortis.

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     —Murieron en el acto: no sufrieron nada —dijo el forense, señalando los dos cuerpos desnudos en la cama.

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     —Lo de dispararle desde el asiento de atrás al conductor, mejor cuando pare en un semáforo —dijo el asesino, contusionado.

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     Supo que no había escapatoria, que lo iban a matar, cuando vio su silueta dibujada con tiza en el suelo.

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    CONDENADOS LOS SIAMESES: El que apretó el gatillo, a la silla eléctrica, y el otro, por cómplice, a cadena perpetua.

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   Se encontró a sí mismo en un cartel de “Se busca”.

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   —“Pongo fin a mi vida por propia voluntad. No se culpe a nadie. En especial, no se culpe a Harry Flanagan”. ¡Firma!

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   Se encontró una bala perdida.             

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   DETECTIVE CON CASO EXTRAÑO: —Viene la tía, me pide que busque a su marido, le pregunto cómo se llama, y me suelta que no lo sabe todavía…

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   —¡Siga a ese coche! —¿A ése? Pero si es de la policía… —¿Ah, sí? Pues póngase delante y que nos sigan ellos.

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    En un acto reflejo le disparó al espejo.

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   La bala le entró por un oído y le salió por el otro.

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    —Un loro, un loro. ¿Y no podías tener un gato de mascota, como todo el mundo? —le dijo a su compañero de celda, discutiendo.

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    —No tengo mucho tiempo, muñeca —la apremió, enseñándole un agujero de bala en su reloj.

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   En Chicago todavía se recuerda la puntería legendaria de Johnny el Enamorado, que era capaz de deshojar una margarita a tiros…

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    —Pobre hombre, dos años de dieta y gimnasio para bajar peso y al final lo llenamos de plomo.

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    —Dejad de usar los silenciadores —dijo el jefe de la banda. —En estos tiempos que corren no nos viene mal un poco de publicidad.

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    —¡Deprisa, siga a ese coche fúnebre! —gritó el fantasma subiendo al taxi.

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    —Harry, le das demasiadas vueltas a la cabeza. Si a la primera ya te lo habías cargado.

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    A Billy Walker tuvimos que despedirlo. Venía bebido al trabajo. Disparaba bien, pero gastaba el doble de balas.

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       EN LA SILLA ELÉCTRICA: Cuando los diez mil voltios lo alcanzaron, por un instante, sintió lo mismo que al conocerla.

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      —¿Sabes, muñeca? Contraté a un detective para que te siguiera y no me cobró nada.

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    —¿Oyes las sirenas? Ahí viene la policía. Dime que me quieres antes de que me detengan. —Mejor te digo que la he llamado yo.

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   —¿Su última voluntad? —le preguntaron. —¿Valen mujeres? —preguntó, a su vez.

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    —Jefe, ¿me oye? Tengo aquí al poeta. ¿Le pego un tiro? —Harry, te dije que hay que ser más sutil: átalo a una silla y léele sus versos…

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   —Quién nos iba a decir que caería tan bajo por culpa de esa arpía. Todo un tipo duro, y ayer… atracó una floristería.

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    —No hay problema que no arreglen el whisky y un buen tiroteo —dijo, animado.

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   —Cotidie morimur (morimos cada día). —Pues no me dispares, maldito sabiondo.

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    —¿Estoy viendo visones? —me dijo ella, cuando le regalé aquel abrigo tan caro.

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      —Lo tengo todo bien planeado. Nunca me cogerán. Por fin, el crimen perfecto —dijo, obsesionado, y se suicidó.

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   —¡No dispare, por favor! ¡Es cuestión de vida o muerte! —gritó la víctima, encañonada.

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       —A ver si se le pasa pronto… Desde que lo dejó esa pécora, no ganamos para balas —dijeron los muchachos de la banda.

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        —¿Vengo esquivando las balas para que ahora tú me esquives a mí? —dijo, colgando la gabardina y el sombrero, con mal gesto.

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   —¡Siga a ese coche… toda la noche! —dijo, subiendo al taxi con su novia.

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       Gánster en la pajarería buscando un canario que no cante.

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       Para mantenerse alerta, tenía dibujada una diana en el espejo.

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      DETECTIVE EN ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS: —Creí que seguir a estudiantes, contratado por sus padres, supondría horas en bibliotecas, cines, museos…

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   —Esto no es el Oeste, muchacho. Aquí gana el que tiene ya la pistola en la mano.

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   —¿Su última voluntad?  —Un cigarrillo —contestó. Y sonrió con amargura cuando leyó el aviso de “Fumar mata” en la cajetilla.

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   —¿Por qué le disparaste al pianista, Harry? Parecía un buen tipo… —Sí, pero no sabía tocar «Noche de paz».

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   Cuando le dieron el tiro de gracia no se rio.

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   —No, no, suegras no, de todo menos suegras. Yo soy un profesional, con una fama y un nombre que mantener —dijo el asesino a sueldo, y colgó.

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   —Rata.

   —Bah, tus insultos no me hieren.

   —Pues ratatatatatatatatatatata.

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    Por ser malo en la Ilíada, Aquiles fue condenado a reencarnarse en gánster de los años 20, con la policía siempre pisándole los talones.

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     El novelista arrepentido decidió suicidarse. Compró una pistola. Llamó a uno de sus negros y le encargó la carta de despedida.

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    Tres detonaciones retumbaron en aquel paraje solitario. —¿A quién le disparas, Harry? Si aquí no hay nadie… —¡Al silencio!

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