Del Árbol de la Sabiduría

por Antonio

I

   Un desagradable olor a azufre lo despertó en medio de la noche. Se incorporó y lo vio allí, sentado en el sillón de cuero, a los pies de la cama. Vestía el impecable smoking negro y no se había quitado la capa, pero el color escarlata de la cara, las manos, los cuernos, la larga cola… En fin. Le entró un poco de miedo, pero enseguida recordó de sus lecturas que, cuando se presentaba de esa guisa, normalmente venía en plan amistoso.

   –Buenos días, joven.

   –Buenas noches, querrás decir. Cuidado con el tridente, por favor, que es tarima de roble auténtica.

   –Okey. Iremos derechos al grano: sabemos de sobra cómo te va y, si tú no sabes qué tal nos va a nosotros, te lo puedes imaginar. Llevamos años observándote con curiosidad: te has pasado los últimos leyendo intensamente a los maestros: que si Beckett, que si Kafka, que si Shakespeare. Uf, te has tragado cada mamotreto: El Mobby Dick, el Middlemarch, el Ulisses

   –Bueno, bueno, con Proust he llegado solo al tercer tomo –le interrumpió el muchacho con modestia.

   –Jeje. No te preocupes, tendrás tiempo de sobra para acabar con él. Si no lo pierdes, claro.

   –Se agradece la profecía.

   –Varios de los novelones de Dickens  –prosiguió el más viejo–, todo lo del genial Nabokov, el sublime Espinosa…

   –Veo que conoces bien el paño.

   –Sí, no nos chupamos el dedo. Pero estamos más por Dante, Goethe, todo lo escrito bajo títulos como Confesiones y similares, que no es poco…

   – Ya. Pero dijiste que ibas a ir al grano.

   –Sí, últimamente nos distraemos con facilidad. Pues eso, que sabemos que practicas también la escritura, y que no se te da mal, aunque el gran público te ignore.

   –Eso es cierto. Lo de la ignorancia, digo.

   –Hemos decidido compensar tus esfuerzos con un gran premio.

   –¿Un gran premio? ¿Y sin exigir nada a cambio? – interrogó el estudiante, prevenido por su bagaje literario.

   –Sin exigir nada a cambio. Se trata de una especie de certamen un tanto manipulado: primero te otorgamos el premio y luego tú escribes la obra para merecerlo, ¿qué te parece?

   –Pues de fábula, me parece. ¿Y en qué consiste el galardón?

   –Verás, esto te va a sorprender.

   –¿Tú crees que ya algo puede sorprenderme esta noche?

   –Está amaneciendo. La historia que escribas se convertirá en realidad.

   –¡Por Dios!

   –No, no, ha sido idea nuestra, Él no lee nunca nada.

   –Claro, sería estúpido, conociendo siempre el desenlace.

   – Y el planteamiento y el nudo, jeje; gajes del oficio.

   –Pero, por cierto, ¿qué piensa Él de todo esto?

   –Pues verás: en principio intentamos ocultárselo, pero no hubo manera, qué fastidio. Cuando nos llamó para pedirnos explicaciones, estaba enfadado de veras. Discutimos un buen rato y tras muchos sudores lo convencimos y fue cediendo. Al fin reconoció que había sido un poco duro con Adán, que casi toda la culpa había sido de la serpiente. Que tal vez el hombre se merece una segunda oportunidad, y no le pareció mal que fueras tú el elegido. Después de todo, si se te ha permitido mordisquear hasta este punto la dichosa manzana…

   –Pues me alegro mucho.

   –Es lo propio. Y, a propósito, ¿qué te parece que el mejor cuento del mundo, aquel de Tolstoi, lleve nuestro nombre?

   –Que te equivocas. El mejor cuento del mundo no es ese, sino otro de Tolstoi, más breve, en el que apareces también como personaje importante. Pero no recuerdo ahora el título, tendría que consultar…

   –Basta, basta. Era una última prueba, maldito. ¿Aceptas el encargo?

   –No sé, quizá debería pensarlo.

   –Aceptas. ¿Cuánto tiempo necesitas?

   –Pues… Creo que una semana bastará.

   –Una semana, jeje; ya vas metiéndote en el papel. Hasta la vista.

   Y desapareció sin más. El joven se levantó, abrió la ventana para ventilar bien la habitación. Seguramente tendría que volver a tapizar el precioso sillón de cuero sintético.

II

   Era lunes. Se pegó una larga ducha para espabilarse, un buen desayuno, y se puso manos a la obra. Primero pensó dedicar todo el día a elegir cuidadosamente la historia adecuada para la ocasión, que no era moco de pavo. Pero le pudo su temperamento impulsivo y en pocos minutos lo había resuelto. Desechó enseguida lo de la lotería. Osciló luego como un péndulo hacia la generosidad extrema: reconstruir la historia de la humanidad para que todo fuera bien, sin guerras ni miserias. Pero recordó a tiempo los tremendos fracasos de Ijon Tychy,  se  dio cuenta de que por ahí no había nada que hacer, y abandonó la idea. Al cabo, se decidió por una solución intermedia: ¿acaso no iba a aprovechar para acabar de una vez con su maldita soledad?

III

   Esa mañana compuso el párrafo inicial, muy breve, en el que fijaba solo la fecha y la hora del encuentro. Pasó la tarde proyectando los siguientes pasos. Y también, sin duda, repasando una y otra vez todo el asunto desde el principio. Pero cada vez estaba más resuelto a seguir adelante.

   El martes buscó el lugar: consultó mapas y fotografías y dio con una escondida playa del norte: arena blanca, mar azul, altos acantilados al fondo.

   El miércoles procedió a describirla: joven, alta y delgada, ojos verdes, rubios cabellos.

   El jueves la dotó de pasado y recuerdos. Su carácter: dulce, ingenua, curiosa. Sonrisas y gestos.

   El viernes la sombrilla de rayas, la tumbona, el bañador rojo, el sombrero de paja, el libro abierto en sus manos.

   El sábado diseñó el viaje, todo el recorrido hasta la playa. Cómo se acercaría, lo que le diría al presentarse. Las respuestas de ella. El paseo, la puesta de sol, la cena juntos. La noche de amor.

   Se fue pronto a la cama, pero no conseguía dormir. Dio vueltas y más vueltas, durante horas, y nada. Era que estaba inquieto y no sabía por qué. Sentía que algo no acababa de encajar, pero no daba con ello. Trató de recordar las lecciones de los maestros, a ver si alguna le ayudaba a descubrir en qué se había equivocado. Nada. Se levantó, abrumado. ¿Y si le echo un vistazo al Génesis? Tampoco. Por fin, cuando ya estaba a punto de desesperar, vio la luz. Estaba amaneciendo. Conque sin exigir nada a cambio. Jeje. Se acercó a la mesa. Allí estaba: el papel que contenía el final que había escrito. Lo cogió y lo metió en un sobre. Escribió otro final, en el cual no la encontraba en la playa. Lo metió en un sobre igual que el original. Barajó los sobres, sin hacer trampas. Dejó uno en la mesa. Se acercó a la chimenea y quemó el otro hasta que no quedó de él más que ceniza. Se volvió a la cama. Por fin pudo descansar.

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