La serpiente

por Antonio

   Paseando un atardecer, oí a un lado del camino un leve siseo. Miré y vi que entre la maleza se arrastraba una serpiente de aspecto repugnante. Más por asco que por miedo, desenvainé mi espada. Pero, estupefacto, me detuve cuando la oí decir:

   —Alto, estúpido, no sabes con quién te metes.

   —¿Qui-quién eres?

   — Imbécil, ¿conoces a muchas serpientes que sepan hablar?

   —Comprendo… ¿Y qué haces por aquí?

   —¿Y a ti qué te importa? Busco a la pareja aquella de ignorantes… ¿No los habrás visto?

   —¿Una pareja?

   —Sí, a la mujerzuela que andaba siempre desnuda y al tipejo que tenía la manía de poner nombre a todas las cosas.

   —Ah, ya sé. Pues no los he visto por aquí, no. ¿Y para qué los quieres, si se puede saber?

   —Para nada que te interese, bellaco. Es sólo que me aburro un poco, no vayas a creer que los echo de menos.

   —Vale. Si me los encuentro les diré que los buscas.

   —Gracias, tontaina.

   —De nada, adiós.

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