Versiones

por Antonio

   —Bueno, querida, ¿qué tal si nos proponemos no estropear esta magnífica cena con la misma discusión de todos los años? Este no es un aniversario más.

   —De acuerdo. Y ya que lo dices, se me ocurre una idea: ¿Por qué no exponemos cada uno nuestra versión y que sea el lector quien decida? ¿Qué te parece?

   —Magnífico.

   —Pues empieza tú mismo.

   —Creo que fue el mejor amigo que un hombre pueda tener. Culto, refinado, inteligentísimo, atento. Siempre ahí cuando se le necesitaba. Puede que al principio estuviera un poquito enamorado de ti, pero cómo no iba a estarlo, con tus veinte años arrebatadores. Eras casi tan hermosa como ahora. Sin embargo, no dirás que no nos respetó siempre a los dos, que no te trató como a una verdadera amiga. Y desde que nos casamos, con una cortesía exquisita. Y tan generoso. Fue nuestro padrino, corrió con todos los gastos de la boda y nos hizo el regalo más práctico que se le ocurrió: nos buscó aquel apartamento tan coqueto y pagó la entrada. No teníamos ninguna experiencia y nos empleó a los dos en el mismo despacho de su empresa, para que estuviéramos todo el día juntos. Cuando nos separamos, el disgusto le afectó tanto que empezó a fallarle el corazón, pero volvió a hacerse cargo de la situación y te dio el otro trabajo, de secretaria suya, con más sueldo y horario de mañana, para que pudieras atender al niño. En cuanto al testamento, sabía bien lo que hacía. Nos dejó una fortuna, pero no recibiríamos todo de golpe, sino una buena cantidad al año, con la condición de que viviéramos juntos. Se figuró que, con las estrecheces que habíamos pasado, habríamos aprendido, y que lo invertiríamos bien. Y ya ves, no se equivocó, ahora ni siquiera necesitamos su dinero y podemos hacer con él un viaje magnífico todos los años. Sabía que volveríamos a enamorarnos y, con todas las necesidades bien cubiertas, seríamos felices.

   —Si lo suyo era amor, ¿por qué nunca me dijo nada? ¿Se puede ocultar el verdadero amor? Yo creo que era más bien una persona egoísta y calculadora. Recuerdo cómo me miró cuando nos presentaste, con aquellos ojos verdes… La misma mirada que se repetía cuando salíamos, cuando íbamos a fiestas los tres y yo llevaba vestidos más ajustados, con un poco más de escote. Tú no te enterabas. Si no intentó nada fue porque se imaginaba que yo lo rechazaría; si hubiera sabido que lo conseguiría, lo habría hecho. Y después de la boda fue siempre muy frío conmigo. Creo que siempre te había despreciado un poco, pero entonces empezó a odiarte. Y a mí también, aunque me siguiera deseando. Sería cuando le dijimos que nos casábamos cuando empezó a andar mal su corazón. Además, era un perfecto tacaño. Sabía la mala suerte que da no hacer viaje de novios. Y que la hipoteca de aquel apartamento ridículo nos esclavizaría. El maldito trabajo, sí, nueve o diez horas juntos sin un momento de descanso, con todos los balances, los informes, las cuentas. Y el sueldo justo para llegar malamente a fin de mes. Luego el trabajo de la casa, y el niño teniendo que pasar todas las tardes con la abuela… Cuando nos separamos se llevó la alegría más grande de su vida. Seguro que con la emoción se le agravó la enfermedad. El nuevo trabajo, para tenerme cerca. Pero entonces tampoco se atrevió. Qué lástima, estaba ya demasiado débil, el hombre. En cuanto al testamento, sabía que no rechazaríamos el dinero y supuso que convivir por obligación sería una auténtica tortura, que acabaríamos odiándonos tanto como nos odiaba él. Que el propio dinero sería motivo de discusiones y peleas. O que, precisamente por lo mal que lo habíamos pasado de casados, lo derrocharíamos y esperaríamos ansiosos cada nuevo plazo. La venganza perfecta.

   —Sabes que nunca me convencerás. Y después de todo, si es como tú dices, su plan ha salido completamente al revés. Porque aquí estamos, juntos, otra vez en el mejor restaurante de la ciudad, celebrando el décimo aniversario de su muerte. Hemos sido felices durante estos años, lo somos ahora mismo, ¿no es cierto? Tenemos una vida mejor de lo que hubiésemos podido imaginar. Y están los gemelos. Venga, amor mío, levanta tu copa y brinda conmigo por él.

   —De acuerdo, lo que tu digas. Por Alejandro, mi amor.

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