Castigo de Dios

por Antonio

   Vivían en un piso catorce. Eran un matrimonio normal, pero demasiado fogoso. Las noches solían ser agitadas y los fines de semana tremendos. Como la jornada de trabajo lo permitía, gustaban especialmente de hacerlo después de comer y el cafetito.

   Vino el niño. Los primeros tres o cuatro años tuvieron que moderar sus costumbres y renunciar a la sobremesa. Luego, lo dejaban con la televisión y se encerraban en el dormitorio, aunque nunca más de una hora.

   Una tarde, cuando volvieron al salón, el niño les dijo: «Papá, mamá, de mayor quiero ser como Máximo Pradera». Se miraron, sin decir palabra.

   Llevaron al niño con la abuela. Regresaron a casa. Abrieron el balcón, salieron. Cogidos de la mano, saltaron al vacío.

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