Deformación profesional

por Antonio

   —¡Maldición! ¿Quién puede ser a estas horas?

   Las doce de una noche de finales de diciembre.

   —Diga.

   La música seguía sonando. Me había vuelto a quedar dormido en el sofá.

   —¿Es el despacho de Tony Santos, detective privado?

   La voz sonaba tan resfriada que no habría podido asegurar si era de hombre o de mujer.

   —Eso pone en la puerta. ¿Quién lo pregunta?

   —Llamo del depósito de cadáveres. Tiene que venir inmediatamente. Tenemos aquí un cuerpo que podría ser el suyo.

   —¿Cómo? ¿El cuerpo de quién?

   —El de Tony Santos, por la documentación que llevaba encima. Pero necesitamos que alguien lo reconozca. Venga enseguida.

   —Voy.

   Colgué con cierta fuerza. Creo que fue ese ruido lo que me despertó de verdad.

   Salgo a ver si lo de la puerta es cierto. Lo es. Vuelvo a entrar y observo el recibidor: enseguida, a la derecha, cerrada, la puerta que da paso a la vivienda; las butacas poco usadas, la mesita, las revistas; enfrente el ventanal de cristal esmerilado, junto a la puerta de dos hojas con vidrieras. Más allá, la oficina: a la derecha un sofá rojo y en ángulo recto otro verde más grande. Lámpara de pie en el rincón. A la izquierda una gran librería ocupa casi toda la pared. Desorden, más discos que libros. Al fondo la mesa. La rodeo y me vuelvo. Me siento en el sillón de cuero, muy cómodo. A mi espalda la ventana con persianas de bambú, siempre bajadas para que la luz no choque con la pantalla del ordenador. Aquí a la izquierda la puerta que da a la cocina. Más allá están la biblioteca y los dos dormitorios. Por la derecha una corta galería con la puerta del baño y una terracita, donde fumo cuando hace bueno.

   Vivo solo. Y trabajo solo también. No tengo socio ni ayudante, ni siquiera una secretaria rubia.

   Las butacas están poco usadas porque casi nunca se me acumulan los clientes. El sillón, bastante gastado. El sofá grande con las almohadas hundidas. Tengo que darme prisa.

   Ducha rápida. Ropa cómoda. Zapatos con suela de goma. Las llaves del coche. Reviso el colt: aunque le falta una bala lo guardo en la funda sobaquera. Llevo también la automática de quince tiros y dos o tres cargadores, en el bolsillo del abrigo. Siempre puede ser una trampa. Apago la luz. Salgo a la terraza. La calle vacía.

   Saco el coche del garaje y lo aparco justo al lado de la puerta. Me bajo y enciendo un cigarrillo. Hace mucho frío. No se ve la luna.

   Subo, arranco, enciendo la música.

   Maldita sea, no he cogido la cartera. Bueno, es igual, el carnet de conducir está en la guantera con los papeles del seguro. Tengo que llevarlo, me puede hacer falta allí.

    Llego al gran hospital clínico por la entrada trasera. A estas horas se aparca bien. La morgue está en los bajos. No se ve un alma. Llamo al interfono.

   —¿Sí?

   —Vengo para una identificación.

   —Un momento.

   Como de dos minutos.

   —Buenas noches. Pase.

   —Buenas noches.

   No conozco al funcionario, pero el sitio sí, no es la primera vez que estoy aquí: un vestíbulo en penumbra y un pasillo. Hay que entrar en la oficina, primera puerta.

   —Siéntese.

   —Gracias.

   —Me enseña un documento.

   Se lo enseño. Rellena un papel. Tarda poco.

   —Bueno, esto está. Haga el favor de firmar aquí. Ahora, sígame.

   Salimos. Avanzamos por el largo pasillo, hasta el final. Otro tipo, que nos oye y sale de la última oficina.

   —Buenas noches.

   Es el del resfriado.

   —Este señor, que viene por lo de la identificación.

   —De acuerdo.

   El primero le entrega el papel. El nuevo le echa un vistazo, pero creo que no se entera, porque enseguida me mira, yo diría que muy sorprendido. ¿A los ojos?

   —Pase, por favor.

   Saca una llave y abre una de las dos grandes puertas metálicas.

   Más frío todavía, claro. Techo alto, mucha luz blanca. Hay muchas neveras, pero supongo que pocas estarán ocupadas.

   —Hoy solo tenemos uno, así que… Bueno, está aquí.

   Tira del agarrador, el cajón se abre sin ruido.

   —Bien engrasado, je, je.

   Es muy joven, pero no creo que los nervios se deban a eso. Levanta la sábana y la dobla. El fiambre. Mediana edad, pelo negro con algunas canas, barba de un par de días. Rasgos afilados. Dientes un poco amarillos, del tabaco. Un lunar encima de la ceja izquierda, no muy grande pero llamativo. El pardillo este no me estaba mirando a los ojos.

   No voy a decir que no me temblara un poco la voz cuando le pregunté:

   —¿Qué le ha pasado?

   —Un solo tiro, pero muy certero. A media distancia. En el corazón.

   —Ya.

   Y tira más de la sábana hacia abajo.

   —¿Lo reconoce?

   —Sí, claro.

   —Bueno, pues entonces lo guardamos. ¿Gemelos?

   —¿Qué? Ah, sí. Eso.

   Parece que se tranquiliza.

   —Lo siento.

   —Gracias.

   Vamos hacia un rincón, donde hay una mesa con papeles.

   —Me firma ahora aquí abajo.

   —Sí.

   A un lado hay un armario bajo. Lo abre, con la llave. Saca una bolsa de plástico y me la da.

   —Los efectos personales y la documentación. Hemos hecho copia de todo, para el juez, pero guárdelo con cuidado.

   —Seguro. Adiós.

   —Adiós. Buenas noches.

   El frío de la noche resulta ahora acogedor. Cigarrillo. Por lo menos, esta vez la bofia no va a intentar cargarme a mí el mochuelo.

   Conduzco hasta el centro. No es tan tarde como para que Barney haya cerrado. Es mi noche de suerte. Lo digo por lo del aparcamiento.

   —Buenas noches, Barney.

   —Hola, Tony. Qué mala cara. Estarás muerto de frío.

   —No lo sabes tú bien.

   —¿Un cafetito?

   —Whisky.

   —Vaya.

   —Sí. Y doble.

   Cojo el vaso y me traslado a una mesa apartada. Pocos clientes. Buena música, suave.

   Uf, casi le pregunto si me había visto por aquí los últimos días. La maldita deformación profesional.

   Unos tragos y un cigarrillo. Voy a abrir la bolsa. Sé que contiene una cartera de piel de serpiente, negra, manoseada pero todavía en buen uso. Tarjetas de crédito, la licencia, el carnet de la federación de tiro deportivo… El alcohol y la música empiezan a hacer su efecto relajante. Ah, aquí hay dinero para pagar este whisky y unos cuantos más. Todavía queda gente honrada.

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