Ahora vas y lo cuentas

El héroe

                                                                                                                                                      Para Zilniya, @microversos

 

   Érase una vez un genio poderoso y malvado, tan malvado que se dedicaba a hacer lo contrario que los demás genios: a impedir que los pobres mortales consiguieran aquello que más deseaban.

   Ni siquiera estaba prisionero en la lámpara, que brillaba en un recodo del camino; sólo se introducía en ella si estaba aburrido, para entretenerse fastidiando a algún infeliz que pasara por allí. Cuando el incauto la recogía y la frotaba, el genio aparecía, magnífico, le daba la oportunidad de expresar sus tres deseos, le aseguraba su cumplimiento y se despedía. Por muchos años que viviera, la pobre víctima jamás alcanzaba a ver cumplida ninguna de esas tres aspiraciones, y sólo sufría crueles desengaños.

   Una mañana, le tocó el turno a un joven criado del conde, que se dirigía a su trabajo en el palacio, y cayó en la trampa.

   —Mil gracias por liberarme, mocito. Ya sabes cómo va esto… ¿Cuál es tu primer deseo?

  —Oh, gracias a usted, señor genio. Lo que más deseo en este mundo es el amor de la hermosísima Rosalinda, la hija de mi señor, pero…

   —Nada, nada: concedido (jajajá). ¿Y el segundo?

   —Siempre he soñado con ser un músico maravilloso: que fuera mi voz la más dulce de la Tierra y sonara mi cítara melodiosa en el acompañamiento…

   —Hecho (jajajá). Vamos a por el tercero.

   —Pues… La verdad, señor genio, es que ya no tengo más deseos… Sólo que viva usted una larguísima y dichosa vida…

   —¿Cómo? ¿Qué estoy oyendo? ¿No tienes más deseos? ¡No! ¡Noooooooo…!

   La locura se apoderó del genio. Dejando estupefacto al joven, huyó como el viento de aquel lugar, y yo sé que murió esa noche, a la orilla de un río.

    Nuestro héroe jamás entendió lo que había ocurrido. Pero, aunque no las tenía todas consigo, debía probar con la condesita. No voy a contar la terrible escena, con los gritos de la mimada y la guardia echando a patadas al muchacho.

   Volvió a ayudar a sus padres en la granja. Cuando murieron, él ya se había casado con una guapa chica del pueblo. Tuvieron unos cuantos hijos. La granja les daba lo justo para ir tirando. El hombre no poseyó nunca la mejor voz de la Tierra, pero cantaba y tocaba los días de fiesta en la taberna, y venían a escucharlo los aldeanos de los alrededores.

    Leyendo una historia como esta, algunos darán en pensar que muchos héroes lo son así, por casualidad. Pero yo no lo creo.

 

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Historia de amor prehistórica

   Nueve meses antes, la mañana es lluviosa, la época es la Prehistoria, la estación la Primavera. En el fondo de la cueva, echado sobre un montón de hojas secas, ronca Fortinus. Ayer la jornada de caza fue agotadora, y es de esperar que su sueño profundo se prolongue hasta el mediodía. Pero no es así, una ráfaga de viento húmedo penetra hasta el fondo de la cueva, el cuerpo desnudo tiembla, Fortinus se despierta, se despereza, se pone en pie. Es un muchacho joven, de unos catorce años, diríamos hoy, pero él no lo sabe. Su cuerpo, eso sí lo sabe, es el más peludo y musculoso de la tribu. Esto, y no el hecho de ser el único hijo del jefe Festinus, constituye la marca de su destino: cuando las patas del elefante aplasten a Festinus, él se convertirá en jefe. De momento, es ya el mejor cazador de la tribu, y sabe como nadie segar la vida de una gacela herida propinándole un certero mordisco en el pescuezo palpitante. Pero esta mañana a Fortinus le ocurre algo, se ha levantado con una tensión visiblemente localizada, que es más fuerte que él, tan fuerte como el hierro que aún no se ha inventado, tan fuerte que apenas puede colocarse de manera decorosa el taparrabos de piel de leopardo. Fortinus está perplejo, no sabe qué hacer. Sale de la cueva, deja que la lluvia refresque su cuerpo sudoroso, pero esto no le alivia. Entonces interviene el instinto: Fortinus corre agachado de un lado a otro, rebusca en el interior de los arbustos mojados hasta que reúne unos puñados de hojas secas. Forma con ellas un manojo tan grande como pueden transportar sus brazos y se dirige al fondo de la cueva. Allí deposita estas hojas al lado de las que forman su lecho. Repite la operación hasta que dicho lecho aumenta su tamaño al doble aproximadamente. Luego sonríe, toma su garrote de desnucar antílopes y vuelve a salir de la cueva.

   A unos cien metros, de los de hoy día, de la morada de Fortinus, se alza una gran roca, en cuyo centro la erosión ha formado una oquedad poco profunda, en la que suele refugiarse la tribu alrededor del fuego en las noches frías o lluviosas. En estos momentos se hallan allí reunidas las muchachas que aún no forman parte de ninguna pareja. Fortinus se acerca sonriente, con el largo cabello mojado pegado a su encorvada espalda. Observa despacio a las chicas. Por fin elige a una determinada, la que le parece más hermosa, hoy diríamos …. Se acerca a ella, vuelve a sonreír, y le asesta un golpe de garrote en la cabeza, fuerte, pero no demasiado. La chica se desmaya. Fortinus examina la brecha sangrante que dejará una indeleble cicatriz en la frente de ella: no le parece grave sino adecuada a la circunstancia, un bello recuerdo sin duda. Luego agarra por el pelo a su amada, la arrastra hasta su cueva. Una vez dentro, la coloca boca arriba sobre el tálamo, desgarra su breve vestidito de piel de gamo… Hay que decir que, antes de nada, procede a reanimarla con unos suaves golpecitos en la mejilla, cosa de instinto más bien caballeroso: la pobre muchacha no tiene por qué permanecer inconsciente y perderse… En fin, sólo cuando la chica ha abierto los ojos, Fortinus se arroja sobre ella y…

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Un hueco caballo de madera

   Para Rosa Moreno

    Las palabras, con el tiempo, se gastan:

un día, ya no significan nada;

muere la poesía, y es olvidada:

contra Cronos, sus primores no bastan.

     ¿Epítetos? Los siglos los aplastan.

¿Ironía? Al fin se torna bobada.

Toda la inteligencia connotada

perece: nuevos usos la devastan.

     Del Ciego, el hexámetro prolijo

repudia, moderna, nuestra memoria;

patética, de un viejo la figura

     que solicita el cuerpo de su hijo,

(esto es, el personaje, o su historia),

se eleva sobre la muerte, y perdura…

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REGRESAR (TODO SON VERBOS, XIV)

    Asistir a todas las muertes de los compañeros. Renunciar a la dulce estupidez del loto. Devanarse los sesos para engañar al cíclope y ganar, tal vez, el nombre verdadero. Desencadenar los vientos que se llevan la esperanza. Hurtarse al hechizo de la maga más hermosa. Descender al Hades, despedirse de la madre y volver. Sostener la razón contra los cantos de la sirenas. Desafiar al Sol y al Dios. La soledad.

       Y Calipso, Calipso, Calipso: arrancarse el corazón, tal vez.

     Sentir un sabor extraño al besar la tierra natal.Vestir la capa de mendigo; la limosna y la humillación. Derramar sangre en el hogar. Reconocer el hombre en el hijo, y los años de dolor en los ojos de la esposa.

        Para comprender, Ulises, Odiseo, Nadie, que Ítaca era un tiempo, no un lugar…

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Sólo los más fuertes.

   La historia que contaré sólo se conserva en la tradición oral: no se halla en las Geórgicas de Virgilio, ni  en las Metamorfosis de Ovidio.

   Contradice, además, la cólera de Aquiles, como motivo que lo alejó del combate por un tiempo, desgraciado para los griegos.

   Pues bien: se había derramado ya mucha sangre bajo las murallas de Troya, cuando la duda asaltó el pensamiento del Pelida.

   Quiso saber cuál sería su destino y cómo acabaría la guerra. Se acordó entonces de Proteo, el viejo dios del mar, hijo de Poseidón.

   Proteo conocía el futuro, aunque se resistía a revelarlo, transmutándose en cualquier criatura y huyendo del solicitante.

   Sólo los más fuertes conseguían alcanzarlo, reducirlo y obligarlo a hablar.

   Poco le preocuparon aquellas condiciones a Aquiles. ¿No era él, acaso, el más rápido y poderoso de los héroes?

   Pidió a su madre, la diosa Tetis, que lo transportara hasta la morada de Proteo y, allí, le hizo la petición.

   Proteo tomó la forma de un ciervo y huyó al monte, tan rápido como el viento. Aquiles lo persiguió durante muchos días, y lo alcanzó al fin.

   El viejo habló, y Aquiles vio volar la flecha de Paris, y la mano de Apolo guiándola, y su propio cuerpo tendido de cara al cielo.

   Comprendió entonces la prueba y admiró la sabiduría de Proteo: el viejo sólo comunicaba su destino a aquél que podía soportarlo.

   Regresó a Troya, más ansioso que nunca por entrar de nuevo en combate.

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El bufón

Hoy, aquí en la plaza, a la sombra destas acacias,

voy a contarles mis cuitas, penas, y desgracias;

en sutiles pareados, no en los adefesios

que en el cole todavía llaman serventesios.

Sépase que yo era bufón, de los cortesanos,

como lo fueron mi abuelo, mi padre y hermanos.

Educado desde crío para aquel bello oficio,

no sabía decir cosa sin rima y artificio.

A caballeros y damas les bailaba el agua

tan bien que alguna me cobijó bajo su enagua…

Y era bastante feliz. Hasta que un día, en Palacio,

el conde don Juan me dijo, secreto y despacio:

—A la Reina gozaré esta noche, que está buena,

en ese jardín, bajo la luna, tras la cena.

Tú has de entretener al Rey con tu poesía;

yo, un par o dos de veces, a su esposa haré mía.

Así lo hice; y amparé otras noches, con cuartetas,

los amores furtivos de la Reina y sus tretas,

como hiciese Eco con Hera, madre de las deas,

mientras Zeus se solazaba con las ninfeas.

Al fin, cansose el conde de aquellos devaneos;

pero la Reina no, ella quería más meneos.

Despechada, al Rey todo le contó como era;

sabiendo que él evitaría la escandalera.

Lo supo el conde galán por mí; con ligereza

puso pies en polvorosa y salvó la cabeza.

Lo mismo hice yo, al poco, pues la Regina

cada día me miraba peor, más mohína.

Desde entonces, errante poeta fugitivo

soy: de entretener al vulgo ignorante yo vivo.

Disculpen este relato confuso y disperso;

disculpen, por habérselo largado en verso.

Y ahora me despido, si no mandan otra cosa.

Prometido queda que el próximo será en prosa…

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Deseo

   Ginebra, en la cámara alta de la torre, más impaciente que temerosa, mira por la ventana. Han pasado siete días. Él ya no puede tardar. Abajo, junto a la puerta, el viejo dragón monta guardia y tampoco pierde de vista el camino de Camelot. Por fin, al atardecer, la figura del caballero deseado se recorta contra el crepúsculo.

   El dragón lo divisa, brama, escupe una llamarada. Batiendo las alas, se eleva en el cielo ya casi negro. Cuando se abate sobre él, el héroe apunta su lanza al vientre del monstruo.

   El choque ha sido terrible: a un lado yace el dragón herido; pero Lancelot ha caído derribado. Por un instante, el horror atenaza el corazón de la Reina. Sin embargo, su amado se levanta, empuña la espada y acaba con la fiera.

   Se encamina, despacio, hacia la torre. La puerta está abierta. Sus pasos resuenan, extrañamente lentos, por la larga escalera. Entra en la cámara, con Excalibur ensangrentada en la diestra. Alza la visera del yelmo y Ginebra ve los ojos grises, cansados.

   —Vámonos a casa… —le dice Arturo.

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Todo son mitos (XIII)

   —¿Qué guerra piensas ganar con ese arco, niño de alas columbinas? La de Troya no ha empezado todavía…

   Así, un día y otro, se mofaba el tonto de Apolo del hijo de Venus; y éste explota, por fin:

   —A mí me llaman ciego, bermejazo, pero tú vas a ver…

   Y parte veloz la saeta de oro, que Apolo recibe en su pecho vacío: ya bebe los vientos por Dafne, como nunca por nadie los había bebido.

   Otra flecha con punta de plomo traspasa el corazón de la rubia ninfa, que aborrece para siempre al más bello dios.

   Él se acerca y ella siente el calor. Huye, despavorida, y se interna en el bosque. Ligero, Apolo la sigue, ya parece que pueda tomarla…

   Ella llega a la fresca orilla del río; con el último aliento, implora socorro a su padre, el espíritu de aquellas linfas ahora agitadas.

   Conmovido, a la dríade que clama, el anciano Peneo transforma en frondoso laurel.

   Allí palidece el rubicundo Apolo; abraza el tronco robusto y acaricia la áspera piel. Su llanto, en torno, ya inunda el verde tapiz:

   —Ay, lágrimas mías, que alimentan la causa y la razón por que lloraba… —y nuevos raudales vierten sus ojos, y al árbol lo hacen crecer.

   Aparece de nuevo Cupido, y ya vemos que es quien se ríe mejor.

  Y es de laurel la corona de aquellos antiguos poetas, que en sus versos advierten a los pobres incautos que se burlan de Amor…

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Todos son mitos, XIV.

   Allí estaba, sobre la mesa brillando al sol, la manzana dorada con su inscripción: “Para la más hermosa”. Allí fue Troya.

   Enzarzadas cuales verduleras en la disputa por la áurea fruta, las divinas Hera, Afrodita y Palas Atenea.

   A la zarabanda puso freno, con su vozarrón de trueno, el padre Zeus: —¡Silencio! ¡Y las manos quietas!

   —Y tú Hermes, vuela raudo hasta el Ida, y trae aquí al vástago de Príamo. Será él quien dirima esta contienda.

   Cuando Hermes volvió con el muchacho, le hablaron por turno las tres deidades:

   —Oh, Paris aguerrido: el poder omnímodo sobre hombres y pueblos será tuyo si me proclamas la más bella —dijo Hera.

   —Oh, Paris discreto: sabiduría infinita te daré si me eliges a mí —dijo Atenea.

   —Ay, Paris adorado: todos los placeres del amor serán tuyos, si me quieres… —díjole Afrodita.

   Criado en el monte, lejos de las humanas solicitaciones, el mancebo era inocente, y a nada le sonaron las palabras de la diosa tercera.

   Su mirada dudosa alternaba: ahora se posaba en Palas, ahora en Hera.

   Viendo la causa perdida, Afrodita, rabiosa, se acercó más al mozo y gritó: —¡Basta para muestra un botón!

   Ni corta ni perezosa, desabrochó el único que sujetaba su túnica. La prenda resbaló hasta el suelo y quedó desnuda como el mar la parió.

   Vieron los dioses las rosas y el mirto; tembló un poco la tierra, y se oscureció algo el sol.

   Fue así como Afrodita ganó el juicio y Paris lo perdió.

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La Máquina del Tiempo, XIV (Siglo V A.C.)

    Estaba decidido: aprovecharía mis dotes de persuasión para enderezar de una vez por todas la historia de nuestra decadente civilización. Así pues, programé mi Máquina del Tiempo para un viaje a la Grecia clásica y me planté en el Olimpo. La primera entrevista fue con Zeus: soy de los que no dudan en coger el toro por los cuernos. Me costó, claro, pero acabó jurando fidelidad a su esposa, que, enternecida sobremanera, prometió a cambio dejarse de celos y venganzas. Satisfecho, me aproximé, aunque no demasiado, a Hefesto, y le hice ver la necesidad de cuidar la imagen y ocuparse más de la higiene personal. Luego me encargué de Ares, que se comprometió a ser leal y a evitar cualquier tentación de cambio de chaqueta. Amonesté sin miramientos a Artemisa por caprichosa y estrecha. A Apolo le cayó una buena bronca por presumido. Atenea tuvo que reconocer que se había estado pasando de sabionda. Por supuesto, a Hermes le tocó abjurar de toda demagogia. Me entretuve un buen rato con Afrodita la lujuriosa: hay vicios que cuesta erradicar. Démeter, esa materialista, recibió también lo suyo. Con Poseidón usé la psicología: reforcé la mitad afable de su carácter para que, en adelante, pudiera controlar mejor su ira. A Hestia, en una charla relajada junto al fuego del hogar, le sugerí que saliera más de casa y se relacionara, que no fuera tan huraña.

     Agradecidos, los dioses me obsequiaron con un opíparo banquete en el que no faltaron buenos lingotazos de ambrosía deliciosa. Por fin, me despedí amablemente de todos, encantado al observar las expresiones beatíficas en sus divinos rostros. Confiado, casi exultante, subí a mi Máquina y emprendí el viaje de vuelta. Fue un auténtico viaje de placer: conduje despacio, disfrutando por adelantado del maravilloso futuro que nos esperaba a los hombres.

 

Gajes del oficio

   Una fría noche de invierno, con niebla espesa como puré de arvejas, los vikingos regresan a su hogar. Tras varios meses saqueando y violando por todas las costas del norte de Europa, están algo cansados, pero satisfechos. Para celebrarlo, abren un barril de hidromiel añejo que tenían reservado, y brindan por todos los dioses habidos y por haber.

   Llegan, amarran el drakkar en el puerto y se dirigen, tambaleándose y cantando canciones obscenas, a la taberna del lugar. Se trata de un tugurio sucio y oscuro, iluminado apenas por dos o tres escuálidas bujías de sebo de alce.

   Entran y, ¡por Odín!, encuentran a sus mujeres liadas en una orgía monumental con los de la aldea de al lado. Como un solo hombre, echan mano a las espadas y los matan a todos y a todas en el acto: menuda escabechina.

   Empapados en sangre, exhaustos, se tumban a dormir allí mismo. Están desolados, sobre todo porque siempre se han llevado bastante bien con los vecinos. Ahora ya no tienen contrincantes para los partidos de fútbol de los domingos por la tarde.

   A la mañana siguiente se ha disipado la niebla y luce un sol espléndido. Cuando despiertan, con una resaca de miedo, nuestros héroes no tardan en darse cuenta de que se equivocaron de aldea al desembarcar.

 

El mensajero

   Había concluido su última misión, la más peligrosa de todas.

   Y ahora estaba allí, en el palacio, ante la misteriosa Reina del País del Norte, que sostenía la carta en sus manos. Cuando acabó de leer, fijó en él sus ojos azules.

   —Ven —le dijo, —siéntate a mi lado y cuéntame las aventuras de tu largo viaje.

   En cinco semanas había reventado diez briosos caballos de postas, cruzando territorios salvajes, habitados por tribus crueles y belicosas. Había oído crujir bajo sus pies el hielo quebradizo al atravesar anchos ríos en el terrible invierno de la estepa. Con sólo su cuchillo de caza había tenido que enfrentarse a aquel oso de las montañas. Y todavía llevaba en su hombro una bala que había sido disparada por un fusil tártaro oculto entre los alerces del margen del camino.

   —Gracias por llegar hasta mí, valiente mensajero. Tu emperador me propone un matrimonio ventajoso, que uniría para siempre nuestros reinos. Si acepto, el enlace se llevará a cabo dentro de ochenta días.

   —¿Y puedo preguntaros qué haréis, majestad?

   No respondió. Se levantó de su trono sin dejar de mirarle. Cuando él se puso en pie, ella sonrió. Se acercó, rodeó el cuello del hombre con sus brazos, los rubios cabellos femeninos envolvieron el rostro curtido del mensajero…, y lo besó.

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Liberación

   La tierra tembló, y el viento helado del amanecer se transformó en un soplo ardiente, cuando la espantosa bestia salió de la cueva. El Héroe esperaba en el centro mismo de la explanada, el escudo bien sujeto en el brazo izquierdo y la lanza preparada.

     —Saludos, Héroe —dijo la boca descomunal.— Tu osadía despierta mi admiración. Sabes que soy la criatura más vieja, sabia y poderosa del mundo, y aun así vienes a buscarme. Sabes que en el fondo de mi cueva amontono los huesos de muchos que intentaron lo que tú intentas ahora. Sabes, además, que puedo leer en tus ojos color de acero.

   Sí, lo sabía. Y que sus ojos decían «miedo», y también «destino». Que contaban, transparentes, los últimos siete años de su vida: el primer enfrentamiento, ya lejano, el único que fue producto de la voluntad y del amor; los pocos meses de paz junto a la Amada rescatada; los mensajes que llegaban con breves intervalos, los combates sucesivos; el miedo y el valor, el dolor y la suerte…

   —El cansancio me ha invadido también a mí —continuó.— Vete, Héroe, y vive en paz. Regresa a la aldea y di que no volveré a atacar sus chozas, ni a incendiar las cosechas. Diles que pronto partiré hacia una isla lejana para morir allí. Lo creerán. Y podrán repartirse estas tierras.

   Se acercó, para que el Héroe pudiera leer también en sus ojos amarillos y turbios durante un instante infinito. Luego se dirigió despacio a su guarida. Volvió el frío.

   Los aldeanos no se conformaban con la paz, querían venganza. Las piedras que le arrojaron traían al Héroe el dulce alivio tanto tiempo deseado. «Cobarde» sonó en sus oídos a liberación.

   —Así que era una hembra —dijo la Amada.

   —Sí. La madre de todos los dragones que maté —respondió el Amado.

La Bruja de los Enamorados

    En el bosque vive la Bruja de los Enamorados. Su fama se extiende por la región y todos la temen. Sólo la buscan los caballeros desesperados que han puesto su amor en alguna dama de frío corazón. En ese caso, el caballero sabe lo que debe hacer. En una noche de luna llena, llega hasta el bosque, deja en la linde armas y caballo, y se adentra en la espesura. La Bruja lo espera. Cuando la encuentra, le cuenta su historia. Comienza un ritual mágico. La Bruja hiere en la mano al enamorado, unas gotas de sangre caen en la hierba. En ese momento, el húmedo espíritu del bosque entra ya en su cuerpo.

   Con la luna nueva, una dama que lleva el corazón en llamas huye de un palacio. Llega al bosque, abandona el caballo y se adentra en la espesura. Cuando se reúne con el caballero, la Bruja oficia el último ritual. Luego se despide de ellos y se aleja del bosque para siempre. Los amantes pasan la noche en su cabaña. Sucede un año de intensa felicidad, después del cual el caballero muere. Con el corazón helado, una nueva Bruja de los Enamorados vive en el bosque.

LOS RELATOS NEGROS

    Era una banda de élite; no se entraba en ella sin un buen curriculum mortis.

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     —Murieron en el acto: no sufrieron nada —dijo el forense, señalando los dos cuerpos desnudos en la cama.

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     —Lo de dispararle desde el asiento de atrás al conductor, mejor cuando pare en un semáforo —dijo el asesino, contusionado.

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     Supo que no había escapatoria, que lo iban a matar, cuando vio su silueta dibujada con tiza en el suelo.

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    CONDENADOS LOS SIAMESES: El que apretó el gatillo, a la silla eléctrica, y el otro, por cómplice, a cadena perpetua.

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   Se encontró a sí mismo en un cartel de “Se busca”.

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   —“Pongo fin a mi vida por propia voluntad. No se culpe a nadie. En especial, no se culpe a Harry Flanagan”. ¡Firma!

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   Se encontró una bala perdida.             

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   DETECTIVE CON CASO EXTRAÑO: —Viene la tía, me pide que busque a su marido, le pregunto cómo se llama, y me suelta que no lo sabe todavía…

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   —¡Siga a ese coche! —¿A ése? Pero si es de la policía… —¿Ah, sí? Pues póngase delante y que nos sigan ellos.

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    En un acto reflejo le disparó al espejo.

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   La bala le entró por un oído y le salió por el otro.

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    —Un loro, un loro. ¿Y no podías tener un gato de mascota, como todo el mundo? —le dijo a su compañero de celda, discutiendo.

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    —No tengo mucho tiempo, muñeca —la apremió, enseñándole un agujero de bala en su reloj.

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   En Chicago todavía se recuerda la puntería legendaria de Johnny el Enamorado, que era capaz de deshojar una margarita a tiros…

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    —Pobre hombre, dos años de dieta y gimnasio para bajar peso y al final lo llenamos de plomo.

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    —Dejad de usar los silenciadores —dijo el jefe de la banda. —En estos tiempos que corren no nos viene mal un poco de publicidad.

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    —¡Deprisa, siga a ese coche fúnebre! —gritó el fantasma subiendo al taxi.

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    —Harry, le das demasiadas vueltas a la cabeza. Si a la primera ya te lo habías cargado.

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    A Billy Walker tuvimos que despedirlo. Venía bebido al trabajo. Disparaba bien, pero gastaba el doble de balas.

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       EN LA SILLA ELÉCTRICA: Cuando los diez mil voltios lo alcanzaron, por un instante, sintió lo mismo que al conocerla.

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      —¿Sabes, muñeca? Contraté a un detective para que te siguiera y no me cobró nada.

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    —¿Oyes las sirenas? Ahí viene la policía. Dime que me quieres antes de que me detengan. —Mejor te digo que la he llamado yo.

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   —¿Su última voluntad? —le preguntaron. —¿Valen mujeres? —preguntó, a su vez.

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    —Jefe, ¿me oye? Tengo aquí al poeta. ¿Le pego un tiro? —Harry, te dije que hay que ser más sutil: átalo a una silla y léele sus versos…

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   —Quién nos iba a decir que caería tan bajo por culpa de esa arpía. Todo un tipo duro, y ayer… atracó una floristería.

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    —No hay problema que no arreglen el whisky y un buen tiroteo —dijo, animado.

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   —Cotidie morimur (morimos cada día). —Pues no me dispares, maldito sabiondo.

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    —¿Estoy viendo visones? —me dijo ella, cuando le regalé aquel abrigo tan caro.

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      —Lo tengo todo bien planeado. Nunca me cogerán. Por fin, el crimen perfecto —dijo, obsesionado, y se suicidó.

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   —¡No dispare, por favor! ¡Es cuestión de vida o muerte! —gritó la víctima, encañonada.

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       —A ver si se le pasa pronto… Desde que lo dejó esa pécora, no ganamos para balas —dijeron los muchachos de la banda.

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        —¿Vengo esquivando las balas para que ahora tú me esquives a mí? —dijo, colgando la gabardina y el sombrero, con mal gesto.

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   —¡Siga a ese coche… toda la noche! —dijo, subiendo al taxi con su novia.

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       Gánster en la pajarería buscando un canario que no cante.

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       Para mantenerse alerta, tenía dibujada una diana en el espejo.

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      DETECTIVE EN ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS: —Creí que seguir a estudiantes, contratado por sus padres, supondría horas en bibliotecas, cines, museos…

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   —Esto no es el Oeste, muchacho. Aquí gana el que tiene ya la pistola en la mano.

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   —¿Su última voluntad?  —Un cigarrillo —contestó. Y sonrió con amargura cuando leyó el aviso de “Fumar mata” en la cajetilla.

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   —¿Por qué le disparaste al pianista, Harry? Parecía un buen tipo… —Sí, pero no sabía tocar «Noche de paz».

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   Cuando le dieron el tiro de gracia no se rio.

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   —No, no, suegras no, de todo menos suegras. Yo soy un profesional, con una fama y un nombre que mantener —dijo el asesino a sueldo, y colgó.

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   —Rata.

   —Bah, tus insultos no me hieren.

   —Pues ratatatatatatatatatatata.

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    Por ser malo en la Ilíada, Aquiles fue condenado a reencarnarse en gánster de los años 20, con la policía siempre pisándole los talones.

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     El novelista arrepentido decidió suicidarse. Compró una pistola. Llamó a uno de sus negros y le encargó la carta de despedida.

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    Tres detonaciones retumbaron en aquel paraje solitario. —¿A quién le disparas, Harry? Si aquí no hay nadie… —¡Al silencio!

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Mayo del 68

   La primavera de París… Sí, yo también estuve allí.

   Recuerdo con nostalgia las reuniones nocturnas, clandestinas, en viejos apartamentos del Barrio Latino, las canciones de protesta. Recuerdo las interminables asambleas de estudiantes, multitudinarias, las acaloradas pero democráticas discusiones. Recuerdo sobre todo aquélla de los Campos Elíseos, la más multitudinaria de todas. Asistieron como invitados los representantes de los obreros. Al final, cuando las discusiones cesaron, todos entonamos Imagine, de los Beatles. Cientos de miles de gargantas jóvenes cantando al unísono bajo el cielo de París. Los obreros no sabían la letra, pero se emocionaban y cantaban lo que se les ocurría. Y daba igual, porque todos éramos iguales.

   Tengo grabadas en la memoria multitud de anécdotas, que no voy a referir, de tantas y tantas horas en las barricadas. Mujeres y hombres, inteligentes y torpes, ricos y pobres, día y noche, compartiendo todo fraternalmente: bebidas para entrar en calor, bocadillos, mantas, cigarrillos.

  Sobre todo, nunca podré olvidar las gigantescas manifestaciones. Los enfrentamientos con la policía. Las carreras codo con codo. Las mangueras con agua teñida de azul, para poder identificarnos después. Las bombas de humo, los gases lacrimógenos, los pelotazos. Aquello era luchar por unos ideales. Sí, yo también arranqué adoquines con mis propias manos para romper escaparates caducos. Yo también volqué autobuses en las calles, incendié iglesias y conventos. Como hacíamos todos. Ya también enarbolé la bandera de la libertad y coreé: la imaginación al poder.

   Aquella lucha no fue en vano. Hicimos caer al Gobierno. Cuarenta años después, aquellos ideales no se han olvidado. Muchas conciencias, afortunadamente, despertaron. Muchas mentalidades han ido cambiando. Hoy puede decirse que la libertad es un hecho contrastado. Y que la imaginación ha alcanzado el poder.

   Pero no podemos darnos por satisfechos. Muchas cosas todavía tienen que mejorar. Yo, por mi parte, desde mi puesto de responsabilidad, como Presidente del Gobierno, sigo luchando para crear las condiciones para que aquello de mayo no tenga que volver a pasar.

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Restricciones

   En mi pueblo hay restricciones de agua y no podemos lavarnos, porque tenemos la justa para beber. También hay restricciones de luz y no podemos leer de noche, que es cuando tenemos un rato, después del trabajo. También escasea la comida y sólo podemos comer dos veces al día. Los del pueblo andamos sucios, ignorantes y hambrientos. Por las restricciones.

   Esta mañana mis hermanos fueron a casa del alcalde, a quejarse. Les abrió la puerta la criada:

   —El señor alcalde no puede recibirlos. En este momento está tomando un baño.

   Volvieron a mediodía. Les abrió la puerta la criada:

   —El señor alcalde no puede recibirlos. En este momento está almorzando.

   Volvieron por la noche:

   —El señor alcalde está viendo las noticias en la televisión. Y además, estas no son horas de molestar.

   Volvieron a casa.

   Después de cenar, mis hermanos me lo explicaron:

   —Es que los del pueblo, como somos tantos, gastamos mucho. Y él gasta poco porque sólo es uno.

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REBELDE SIN CONSECUENCIA

   El capítulo XVI de la versión española de Un mundo Feliz se desarrolla íntegramente en un despacho de Washington. A un lado de la mesa se encuentran Bernard Marx y Helmholtz Watson. Son unos rebeldes: pasan demasiado tiempo solos, no practican los deportes, huyen de las chicas neumáticas: no les gusta mucho nuestra civilización. Desde el otro lado, Mustafá Mond, el Interventor Mundial Residente para la Europa Occidental, les recrimina su actitud y les explica las ventajas de nuestra civilización.

   Esa noche, Bernard Marx no puede dormir. Recuerda las palabras del Interventor. Sobre todo, el fin de su discurso: «Todo cambio constituye una amenaza para la estabilidad.».

   La mañana siguiente Bernard Marx vuelve al despacho. El Interventor ha salido. Marx le escribe una nota: «Dejaré de ser un rebelde: haré vida social, practicaré los deportes, probaré con las chicas neumáticas: ahora que comprendo sus ventajas, me gusta mucho nuestra civilización. Como ve, no todo cambio constituye una amenaza para la estabilidad.».

   Esa noche, mientras Bernard Marx duerme, la Policía le pega una patada a la puerta de su casa. Un tiro en la nuca, y su cuerpo es incinerado en un horno crematorio.

   Sin embargo, Helmholtz Watson seguirá siendo un rebelde toda su vida.

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PREMIO LIEBSTER BLOG

Mi amigo, el escritor argentino Sebastian Zampatti, me honra al incluir este modesto blog entre sus elegidos para el Premio Liebster Blog: http://latraiciondelpoeta.blogspot.com.es/2012/06/premio-liebster-blog.html Gracias, Seba. Ya lo sabes: este es uno de mis preferidos entre tus poemas:

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Támiris, el tracio

En casa de Éurito, el ecalieo,
desperté la ira de las musas.
Cuando el vino puro de las libaciones
me perdió, exclamé:
¡la inspiración es una puta infiel!

Airadas,
las hijas del Olímpico,
ahogaron la memoria en el vino negro
de la noche…
y ya no he sido más que
mi propio recuerdo…

Sebastian Zampatti

En http://enamoradodelrayo.blogspot.com.es/

y en su libro Primeros poemas

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Hay tantas maneras de concebir la escritura como escritores, quizá alguna más.

El poeta sólo teme que su musa lo abandone.

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Aquí están mis elegidos:

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Pisando las nubes

http://mirenenlasnubes.blogspot.com.es/

@Iva_63

En el blog de Izaskun encontramos artículos y microrrelatos. Escritura sencilla, que comunica directamente el pensamiento, o el sentimiento, o la historia. En sus relatos, no se llevan mal la fantasía y lo cotidiano. Es una de las formas del humor:

Un carnicero y un caballero se disputaron su amor. Ella eligió al primero, pues detestaba limpiar dragones recién cazados para guisarlos.

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Novel de Literatura

http://noveldeliteratura.blogspot.com.es/

@noveldeletras

Aquí, Novel nos ofrece sus breves e interesantísimos artículos sobre la escritura y sus alrededores: los móviles del escritor, el mundo editorial, las formas de difusión de la literatura… Prosa pulida, sentido común, agudeza en la reflexión. Pero selecciono este soneto magistral: http://noveldeliteratura.blogspot.com.es/2012/05/enfermera-tiene-un-folio.html

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El Istmo De Las Fauces

http://elistmodelasfauces.blogspot.com.es/

@jaudenes

Vicente Jaudenes es un descubrimiento reciente: pura pasión por escribir. En sus manos, modismos, tópicos, lugares comunes, quedan hechos trizas y transfigurados en originalísimos microrrelatos:

La Quería, Y Le Pegaba. La Quería, Y La Insultaba. La Quería, Y La Utilizaba. La Quería, Y No La Quería. Margarita Se Fue.

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Microvorágines

http://microvoragines.blogspot.com.es/2012_02_01_archive.html

@Jmarrero96

Las microvorágines pueden ser microrrelatos, brevísimos poemas,  aforismos…  En algunas aparece la crítica, como en la primera, a la que le tengo un cariño especial, porque la vi nacer:

Se sentía libre porque cada cuatro años le permitían elegir sus cadenas.

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J’accuse…!

   En enero de 1898, el primer intelectual arroja en la boca abierta de Francia un puñado de cayena molida. Otro traidor que así paga al Estado que invirtió en su instrucción.